El problema del origen del lenguaje y nuestra humanidad

Tener una concepción del lenguaje, en cierto sentido, va de la mano con una concepción de humanidad. Las formas en que la intelectualidad de cada época concibe el lenguaje ha ido variando, y lo vemos reflejado en el tipo de teorías sobre el lenguaje y el pensamiento que sostienen.

adam names the animals

‘Adam nombra a los animales’ extraído desde philiplemarchand.tumblr.com

El significado y correcto uso de las palabras era derivado de escrituras e imbuido de legitimidad desde lo sagrado.
En la India antigua, en sánscrito, los usos encontraban legitimidad de su etimología encontrada en los sutras védicos. La casta de los brahmanes era la intermediaria con la divinidad. Los brahmanes estaban a cargo de las prácticas religiosas y de enseñar los vedas —ambas cosas mandatadas por los mismos vedas.

En la Grecia antigua, solemos encontrar definiciones ostensivas que apelan a los textos homéricos. Sócrates ejemplifica qué es lo que se entiende como una instancia de algún concepto —por ejemplo, la Justicia y la Valentía mediante indicar acciones de justos y valientes— indicando escenas de textos homéricos.

En nuestra tradición monoteísta, en el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios (JN 1:1). Y el hombre (Adán), imbuido con poderes semánticos por Jehová, puso nombre a todos los animales, a las aves del cielo y a las fieras salvajes. (Gen 2:20) atando —¿metafísicamente? — nombres a objetos.

Como la modernidad se trata del imperio de la racionalidad —o de la Razón más mayúsculamente digno—, el correcto uso es encontrado en las instituciones académicas. De ahí que se entienda el notable intento de Bello de otorgarnos de una gramática propia, una de la libertad. La brillante filóloga y lexicógrafa española María Moliner, trabajó en un Diccionario de Uso del Español. Su rechazo, tanto de ella como de la obra, estuvo atravesado por el conservadurismo de la RAE y el franquismo —definido durante mucho tiempo como el “período histórico que comprende el gobierno del general Franco” RAE dixit.


Sin embargo, el individuo triunfa. Triunfa ante la iglesia desde la institucionalidad laica; triunfa ante la religiosidad laica de los templos académicos, que eran quienes determinaban el uso correcto de las palabras y de cómo otorgaban contenido a nuestras expresiones. Ahora la Razón no se hace en las instituciones, está en nosotros mismos. La perspectiva hegemónica en estos asuntos—hasta el día de hoy— no encuentra en la Razón a la racionalidad y el orden, sino que inscrita en nuestra propia historia como especie.

El filósofo H.P. Grice, en Lógica y Conversación, distingue entre el uso del lenguaje cuando nos comunicamos respecto de cómo funciona este mismo; aquello que subyace a las conversaciones, las que están plagadas de elementos inciertos y privados, reivindica nuestra agencia racional como origen. ¿Por qué nuestras conversaciones no se disparan hacia cualquier lado caóticamente en donde cada cual dice a quién sea, lo que sea y cómo sea? Cuando nos comunicamos no utilizamos las palabras como se nos antojen, ni hablamos como el final de Altazor cuando termina de caer el paracaídas —no hacemos sonidos tales como “Ai a i a a i i i i o ia” esperando que nos sirvan café.

La explicación es que, como somos criaturas racionales, nos comportamos racionalmente. Es característico de lo racional poder actuar de manera legaliforme (como sí, o efectivamente, siguiéramos reglas). Grice distingue dos tipos de reglas: las conversacionales y las convencionales. Las primeras son por necesidad y las segundas, de ser necesarias para comunicar algo, lo son contingentemente. Por ejemplo, que en Chile le digamos “auto” al auto, pero “coche” en otros lados es un asunto de convención. En cambio, las reglas conversacionales, las cuales seguimos tácitamente responde a una racionalidad que no reconoce fronteras —nadie querría el estado de la naturaleza después de leer el Leviatán. Nos encontramos en el sueño kantiano de una ciudadanía completamente cosmopolita: participamos por igual en tanto criaturas racionales en la comunicación. Un principio de cooperación, derivado de la propia racionalidad, nos guía a todos, en donde colaboraremos según el máximo de nuestras capacidades para poder hacernos entendibles al resto. Siempre en buena fe, porque cuando eso no ocurre, es porque se está intentando comunicar otra cosa —P: ¿es bonito él? R: … es simpático. Por racionalidad y no porque, por ejemplo, pueda ser la manera más eficiente de coordinación de nuestra acción, con otros miembros de la especie, en tanto animales insertos —incrustados— en un ambiente. Racional al punto que Grice ofrece unas posibles máximas conversacionales y otras categorías en un claro guiño a Kant.

Sin embargo, nuestra civilidad otorgada por la racionalidad del individuo no es suficiente y de todas maneras tenemos que apoyarnos en estandarizaciones y definiciones claras… muchas veces explicado metafísicamente: como afección del alma o en la interacción de la mente (o cerebro) con el mundo, que ocurren con una estructura y orden específico. Si bien ha habido cambios en la forma de concebir el lenguaje, hay un hilo conductor que ata a los programas de investigación actuales con el pasado. Ahora, en un gesto de profundo laicismo encontramos a la racionalidad inscrita en nuestra historia como especie. Nuevamente la teología: la naturaleza tiene un diseño inteligente (pero casualmente, claro). Es nuestra propia historia evolutiva, en tanto especie entera, la que devino en capacidades intelectuales cualitativamente distinta al resto. El origen de nuestra civilidad y tendencia a la cooperación manifestada en el lenguaje, es un asunto de filogénesis.

La comunicación ya es asumida como algo caótico con un nivel de complejidad inabarcable. Las filtraciones de elementos contextuales harían imposible la apuesta de encontrar, en la comunicación misma, lo que posibilitaría algo de estabilidad en tanta variación semántica. Pero ese problema fue solucionado por la evolución: estamos hechos —adaptados digo— para que relaciones metafísicas, establecidas entre conceptos y el mundo, se vean reflejadas en nuestro pensamiento, que tiene hasta su propio lenguaje distinto a los que usamos ordinariamente. Tan profundo opera en nosotros, que todo lenguaje que conocemos se basa, de una u otra manera, en este; tan así que las reglas de composición no son cualquier cosa, no es cualquier gramática: esta es universal. Cómo será que un marciano cartesiano, al observar a los terrestres, verá varios dialectos y no un lenguaje —o muchos automatones muy bien programados. Cómo será de profunda esta visión que ha llegado a apoyarse en la supuesta incapacidad de nuestras capacidades perceptuales de permitirnos movernos por el mundo; los estímulos están empobrecidos y es necesario que el cerebro compute el caos de los sentidos y les de forma… o que el alma le dé un suspiro de vida a este tonto cuerpo que no es capaz de valerse por sí mismo en el ambiente.

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Why do our minds wander? — Alva Nöe

Why Do Our Minds Wander? de Alva Nöe ttp://www.npr.org/sections/13.7/2016/06/17/481977405/why-do-our-minds-wander

Está buena la exposición y el argumento que duda de la introspección: a pesar de los avances nada nos asegura que las afirmaciones del practicante de meditación sean fidedignas. Agregaría que en las mismas diversas tradiciones del budismo se afirma que nadie puede conocer la mente de otro, entre otras cosas porque ni si quiera hay algo así como una esencia o alma; aspiraciones como esa son ampliamente tratadas como sinsentidos.

“y aquí ella recurre a lo que se llama ‘neurofenomenología,’ la cual fue por primera vez desarrollada por el neurobiólogo chileno Francisco Varela y su colega, el filósofo Evan Thompson, quien también es coautor del estudio presente — [la solución] es usar como sujetos a practicantes altamente entrenados en la práctica meditativa de atención Vipassana . Este estilo particular de meditación cultiva, o eso afirma, precisamente la habilidad de notar los pensamientos y sentimientos que surgen y se van. La idea es, entonces, que podamos usar lo que los meditadores dicen para determinar cuando los pensamientos surgen, así como qué tipo de pensamientos son; sobre la base de esta información, podremos intentar retratar cómo el cerebro hace que todo esto ocurra”

Hay otro problema además: es que no es ni claro si quiera que tengamos a la vista toda la información ni relevante ni necesaria asociada a la emergencia de pensamientos. Porque de seguro que las lucecitas que se prenden dentro del cráneo no son suficientes. Si la comunicación es inseparable del lenguaje (y viceversa), entonces el lenguaje es constitutivamente social. Considerar el lenguaje com algo arraigado en habilidades que respondan a alguna evolución (biológica) singular, es una cosa de principio naturalista. Esta evolución no tiene por qué tomar la forma ni de módulos, ni de un homunculo dentro de la cabeza, ni mucho menos fórmulas matemáticas que de alguna manera están en las neuronas. Entonces, si es que no es todo o son cosustanciales, al menos hay un componente de nuestros pensamientos que no es posible estudiarlo viendo qué ocurre únicamente dentro de la cabeza o ni si quiera sólo “en e individuo”.

El rol de la filosofía en las transformaciones sociales

Esto es una versión del texto que presenté en la UV para un foro organizado por el centro de estudiantes y por Izquierda Autónoma.

El rol de la filosofía en las transformaciones sociales

Buenos días.

Muchas gracias por la invitación y felicitaciones por la instancia. Por el ejercicio de entender nuestras disciplinas en función de las transformaciones sociales. Especialmente en una como la filosofía, cuya práctica —o al menos formación— suele asumirse que está encerrada en la academia… o al menos eso afirma la academia. Desde ya pongo en evidencia mi sesgo: mi interés en la exposición es intentar dar cuentas de esto desde una posición materialista —en el mismo sentido que en “materialista histórico”.

Quizá habría que comenzar con una distinción momentánea. Les pido que por favor me concedan entender, por una parte, la filosofía en como disciplina y, por otra parte, como actividad humana. Por disciplina simplemente quiero decir “arte, facultad o ciencia” —como incluso sale en la RAE. Por actividad humana, como en sentido general cualquier cosa realizada por humanos, de carne y hueso. Ya sea de manera individual o colectiva. Quiero establecer, básicamente, un modo radicalmente secular de entender la filosofía, y no como algo dotado de carácter sacro o con capacidades de otorgar un acceso epistémico privilegiado a la realidad. Muy por el contrario, se trata de entenderla como una actividad humana más.

Como materialistas, preguntar por el rol de cualquier actividad humana exige que sea ubicada en el entramado de relaciones humanas que es la sociedad, cuya organización está en función de las relaciones materiales. Es decir, una actividad humana en sociedad está constreñida —cuando no determinada— por aquellas relaciones establecidas, según como organizamos el modo de producción de las condiciones de vida, tanto social, política como intelectual… y la filosofía no es ninguna excepción. Seguir leyendo